viernes, 16 de diciembre de 2011

Bik, el capuchón anarquista.


Creo que desperté cuando una mano suave me abrazó con sus dedos. Ya estaba hecho. De un plástico azul precioso, radiante.
Escuché la dulce voz de aquella mano que decía: "Ya está listo el último de los de *Bic*". Bik, eh. Me gustó ese nombre. Lo único que odiaba en ese momento era no poder preguntarle el suyo a aquella chica.
No huelo, ni veo, ni saboreo. Pero oigo perfectamente por mi oído de arriba, y palpo todas las maravillas que me rodean. Noté que me arropaba una cálida mano, más áspera que la de antes, pero con la misma suavidad. Me tendieron con pinzas, y me dieron un paseo muy agradable. Me bajaban, me subían, una montaña rusa demasiado placentera.
De repente noté un empujón. Algo me había subido sin permiso por un agujero que tenía debajo, justo al lado de mi pie. Intenté gritar, escapar, salir de aquella cárcel en la que estaba semi-libre. Nadie escuchaba mi silencio. Lloraba sin llorar, me oprimía el pecho...o lo que yo creía que era mi pecho. Entonces...todo lo que había soñado se desvanecía; así que esto significaba mi existencia. Precioso, sí, pero con un destino injusto. Intenté zafarme de nuevo, escapar de la pesadilla que había penetrado mi plastificado cuerpo. Ya estaba en la caja. Y tenía sueño.
Abrí los ojos del alma, seguía en la caja. No se cuanto había pasado desde que aquella cosa se metió dentro de mí, como una segunda conciencia que me dejó la autoestima bajo cero. ¡Qué ganas de salir...! Algo dentro de mí...algo que no era esa cosa, me decía que algún día tendría la libertad que tanto ansiaba. Y había movimiento.
Se escuchaba un timbre "tilín-tilín", puertas abrirse murmullos suaves y pausados; voces graves, agudas que pedían cosas como "folios", "bolis", "papel cebolla". ¿Papel cebolla? ¿Qué diablos serán esas cosas? Ni siquiera sé para que sirvo, para lo que estoy destinado...
Días, semanas, meses. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Tiempo. Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo. Decidir mi propia vida...¡Espera! Se acercan pasos. Decididos y fuertes hacia mi estante. Noto que nos movemos. Le pido que me saque, que me libre de este débil sufrimiento.
Una voz dice: "¿Cuánto cuesta esta caja de cinco bolígrafos *Bic*?", y otra le responde: "Dos euros". Así que esto que me oprime se llama bolígrafo, y no estoy solo, hay cuatro más.
Vivo esperanzado de que me libere esa voz pueril, que me exclame "¡Sé libre!", y me suelte al mundo, a vivir aventuras.
Me saca el primero y me libera del Sr. Bolígrafo. ¡Qué sensación mas genial; absoluta y rotundamente genial! Disfruto unos instantes y vuelve a insertarme a Bolígrafo. Esto no puede estar pasando...viviré toda mi vida atado al palo este, despreciable...que miseria de vida.
Llevo dos días en este sitio, en el que hay otras cosas llamadas "lápices", "gomas", "sacapuntas"...y uno que tiene por nombre "compás" que me pincha de vez en cuando.
Me vuelve a liberar, y esta vez me caigo al suelo. ¡Por fin libre! Ruedo y ruedo hasta un sitio oscuro, lleno de telarañas. Hace frío, sí, pero estoy oculto y a salvo del Sr. Bolígrafo.
Se escucha la voz del niño que me utilizaba preguntarle a otro: "Tío, ¿tu me has cogido el capuchón del boli?" Me había cambiado el nombre a su antojo, y me estaba buscando pero nunca me encontraría. Lloraba de alegría en silencio, sin lágrimas, todo era perfecto. Hasta que el niño dijo: "como no lo encuentre se me va a secar la tinta del boli en la cartuchera".
¡Mi función era esa! ¡Tenía utilidad al fin y al cabo! Seguiré libre, vagando en mi mismo, pero así, sin el Sr. Bolígrafo...no sirvo de nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario